EL GUARDIÁN DE MACHU PICCHU
Machu Picchu, la ciudad sagrada de los Incas, una de las siete maravillas del mundo, puede tener una génesis más mitológica y épica que la insulsa explicación que dan algunos historiadores o antropólogos.
El siguiente es un relato extraido del primer capítulo de una novela inédita de la cual somos autores y que cuenta la hazaña de Cusi Yupanqui, el extraordinario monarca inca que después se llamó Pachacútec. A través de esta narración intentamos poner a luz la tesis mitológica de la creación de la ciudadela sagrada de los Incas.
...El viejo haravicu, acomodó su traje y se sentó en el centro de la sala. Sonrió. Miró a su alrededor con ojos inquisidores, hasta que se detuvieron en la amplia ventana por donde entraba la luz resplandeciente del mediodía. Mirando fijamente afuera, su voz empezó a salir de su garganta a manera del rugir de un trueno cuando anuncia la tormenta, primero lejana, solitaria, y después, entrada la tempestad, imponente e imposible de ignorarla:
“Eran tiempos en que los ayllus de estas comarcas vivían en un caos, los clanes luchaban por someterse unos a otros; eran tiempos en que nadie imaginaba que existiría alguna vez nuestro poderoso Tahuantinsuyo que ha puesto orden a todo. Los continuos conflictos habían adiestrado a los hombres en la habilidad de luchar y por eso había surgido una casta de guerreros que siempre encontraban con quien medirse en sangrientas batallas.
Cuenta la leyenda que Ninacóndor era uno de esos guerreros: fuerte, valiente y hermoso; envidiado por los hombres y amado por las mujeres. Sus incontables victorias le habían dado fama de invencible y parecía ser feliz; pero en realidad no era así, teniendo a todas las mujeres a sus pies, se había enamorado de un imposible: de la diosa Mamaqilla, la Luna, la esposa del dios Inti.
En las noches, el joven levantaba la vista y la veía pasar, inalcanzable, esplendorosa, sobre el oscuro manto del cielo. Cuando era creciente o menguante, agudizaba los ojos para verla de ladito, luciendo como una uña de plata. Luego se rendía triste cuando
Cierta vez, un viejo Apu le preguntó al solitario guerrero el por qué de su congoja y Ninacóndor le respondió:
–¡Ay, señor! Mi corazón palpita afligido porque esta noche
–Pero noble guerrero, dentro de un par de noches la volverás a ver en el cielo, abriendo poco a poco su destellante sonrisa hasta mostrar todo su límpido rostro –replicó el Apu.
–¡Dile eso a mi alma que se desespera cuando no está! Esas noches cuando no la veo son terribles para mí –añadió Ninacóndor-. ¿Ay, si pudiera saber dónde se oculta?
Entonces el Apu con voz queda le confió:
–Yo sé dónde descansa cuando no sale a recorrer el firmamento.
–¿Tú? ¿y puedes decírmelo? ¡Pronto, que la agonía me ahoga cada vez más!
–Eres un soldado poderoso... y si obligas a todos tus enemigos vencidos que me rindan pleitesía, te lo diré.
–Mis brazos y mi porra están a tu servicio desde hoy.
Entonces Ninacóndor hizo lo que le pidió el Apu. A cada adversario que vencía en formidables combates, lo obligaba a dar un tributo al viejo apu; y éste, una vez saciada su sed de endiosamiento, cumple el trato señalándole el sitio donde solía descansar
Pero ello no amilanó al guerrero y éste partió hacia donde la espesura de la ceja de selva era un laberinto enmarañado y los animales ponzoñosos sus feroces habitantes. Después de dos días de abruptos caminos, sorteando cerros, profundos cañones y empinadas pendientes, por fin Ninacóndor llegó al sitio secreto. Efectivamente, era un lugar sobrecogedor, el río entraba y salía por un mismo sitio, haciendo un anillo protector alrededor de una vieja montaña en cuya cresta acostumbraba posarse
Ninacóndor subió a lo alto de la vieja montaña o Machhu Picchu, se ocultó detrás de unos peñascos y esperó largas horas hasta que apareció
El joven guerrero quedó pasmado, jamás imaginó que un simple beso pudiera asustar así a su adorada; era conciente que había cometido un gravísimo error y que jamás más la volvería a ver tan cerca como la había tenido.
La suerte del guerrero estaba echada, el colosal dios lo encontró y lo retó a una lucha desigual sobre el mismo terreno donde había sucedido la profanación. Ninacóndor aceptó su destino pero pidió un plazo para despedirse de su madre, de su ayllu y de su tierra:
-Déjame unos días, luego volveré ataviado con mis mejores vestidos para enfrentarte como es debido; si voy a morir que sea como un guerrero digno de ser tu contendiente.
Y así lo hizo. Cumplido el plazo, el joven regresó a donde le esperaba el dios ataviado con su reluciente traje de oro. La lucha fue desigual, a los poderosos golpes del Inti, el guerrero respondía con rápidas maniobras defensivas; a veces amagaba contraatacar, pero él sabía que sus golpes no podían dañar al dios. Pasaban las horas y la pelea seguía con el mismo tenor, el Inti atacando incansable y furioso y el noble guerrero aguantando los golpazos a pie firme; su escudo ya era un guiñapo y su porra una astilla. Su lucha era por no doblegarse, por no entregarse fácilmente; como digno guerrero sabía que mientras más pelea le daba al dios, más honrosa sería la inevitable derrota.
Hasta que un certero golpe le dobló las rodillas, cayó de cuclillas, estaba sangrando, sentía que ya no podía levantarse; pero viendo al dios elevar su enorme maza para ultimarlo, gritó con todas sus fuerzas:
–¡Espera! ¡todavía no!...
El Inti creyó que su rival estaba por pedir clemencia.
–¡No eres más que un simple mortal, cobarde ante la muerte, como todos! ¿Al final terminas pidiendo compasión?
–¡No! ¡No es piedad lo que te pido, sino el honor de morir de pie!
El dios se sorprendió, nadie le había pedido nunca eso.
–¡Está bien, pero no esperaré más de un suspiro; si no, te mato aquí mismo, en el suelo!
El guerrero estaba herido mortalmente; venciendo el dolor que cruzaba sus costillas, empezó a forzar a sus piernas para que lo alcen, vacilaban sus pies y sus manos en vez de ayudar al esfuerzo colgaban sin aliento. Con la respiración agitada hizo un supremo esfuerzo y logró ponerse de pie a medias, parecía que iba a caer nuevamente, pero logró erguirse completamente, alzó la cabeza y mirando fijamente al poderoso dios exclamó:
–¡Ahora sí!, puedes terminar... –dijo agónico.
El extraordinario esfuerzo y la valentía de Ninacóndor tenía pasmado al dios; dudó entre darle el golpe mortal o esperar que cayera sólo. Pero no hizo ni lo uno ni lo otro; sino, arrojando su garrote al suelo, lo sostuvo con uno de sus poderosos brazos.
–¡Eres un buen guerrero, no mereces morir así!, pero tu osadía de besar a mi esposa no me permite perdonarte. No podrás regresar con los tuyos, en cambio te daré una misión eterna; serás convertido en un Apu que cuidará de este lugar que desde hoy es sagrado.
Y en efecto, el noble Ninacóndor se quedó para siempre en ese recóndito paraje, dicen que fue transformado en una recia y joven montaña, el Huayna Picchu, erguida frente a la vieja montaña y que el perfil de su varonil rostro quedó esculpido en la cumbre para perennizarlo por siempre; sólo los ojos perspicaces pueden observarlo a determinada hora del día y cuando el dios Inti lo permite.”
Cuando el viejo haravicu terminó, todos quedaron pensativos, ¿Qué lugar era ése? ¿cómo buscar guiándose sólo por lo que dice una leyenda? Con los ojos fijos en el piso, algunos parecían estar meditando, otros miraban las ventanas como si a través de ellas pudieran atisbar ese paraje misterioso.
Pachacútec también había quedado en silencio, esa historia le recordaba su juventud, cuando su padre Viracocha le decía que el lugar secreto de la leyenda quedaba posiblemente en algún sitio al noreste del Qosqo, y que ciertos aldeanos creían haberlo visto.
Desde esos tiempos, Pachacútec tenía la espina clavada en el alma, tenía que hallar ese lugar sagrado y construir allí una ciudad especial, muy bella, que dejara boquiabiertos a toda la panaca real y al Tahuantinsuyo entero...
(DE
Colocando la foto verticalmente descubrimos el rostro de Ninacóndor esculpido sobre el Huayna Pichu, perfil que Pachacútec mandó buscar para construir allí la ciudadela sagrada. Además ordenó a sus arquitectos que la diseñen de tal manera que pareciese un tocado que adorna al granítico rostro.